¡Hartos de discutir!

¡Hartos de discutir!

“Somos como compañeros de piso!” ¿Te suena? No es difícil llegar a sentir esta sensación con la pareja. Cuando ya llevamos un tiempo juntos y la fuerza del enamoramiento desaparece, la relación por sí sola se queda sin impulso. Es aquello de “con el amor no basta!”. En este momento nos aparecen pancartas de que algo no va bien. Uno dice ¡”no estamos bien”! Y el otro se hace el ciego o el sordo Uno quiere reparar, el otro cree que ya se arreglará . Y en estos roles desequilibrados ante el conflicto, es donde aparece la dificultad. El conflicto en sí mismo no es destructivo, sino la manera como lo afrontamos. Es un mito pensar que evitar el conflicto fomentará el romanticismo y el buen rollo con la pareja. Pensar un “no le digo nada porque discutiremos” o “nos pondremos de mal rollo”, lo único que se consigue es que el conflicto se repita; que nos estanquemos y que nos vayamos distanciando de la pareja. En esta distancia es cuando pueden aparecer terceras personas y cuando la relación se pone en estado de alerta.

Aunque generalmente damos la culpa a los problema de comunicación, muchas veces se trata de que no hay comunicación. Evitar hablar de cómo estamos para evitar la tensión es una idea poco madura e irrealista. Las relaciones de pareja y los conflictos van unidos. Ya lo dice en Sabina: “que no tiene vendan amor sin espinas”.

En lugar de evitar, se trata de identificar y utilizar los puntos fuertes que tenemos como equipo ante los temas que nos irritan, los que se pueden solucionar y los que no. Los conflictos solucionables tienen el objetivo de llegar a un punto de solución o acuerdo y los no solucionables aprender a gestionarlos en lugar de huir de ellos; aprender a vivir con ellos. Un conflicto no solucionable es: uno quiere tener un hijo y el otro no está preparado y no sabe si algún día lo estará, uno quiere hacer el amor con más frecuencia que el otro, uno quiere educar a los hijos siguiendo una ideología concreta y el otro no, etc.

Algunos de los puntos fuertes para afrontar la tensión que generan las discusión son: la empatía, el afecto, el sentido del humor, el esfuerzo mutuo y la escucha no defensiva (escuchar sin pensar que contestaremos o como atacaremos). Si no conseguís salir del estancamiento quizás estáis utilizando habilidades y estrategias como estas: la actitud defensiva, el exceso de complacencia (más practicado por las mujeres), criticismo, las actitudes negativas no verbales (pasotismo, gestos de rechazo, etc. ) y ataques directos. Estas formas de afrontar los conflictos es lo que hace que no haya manera de superar la tensión.

¿Qué podemos hacer cuando entramos en el círculo vicioso de las discusiones?

Darse cuenta y pararlo.
Hablar de cómo discutimos para mejorarlo.
• Entrenar las formas alternativas que sí nos permiten llegar a acuerdos y a las soluciones que funcionan.
• Valorar qué posibilidades tenemos para aprender a discutir. Por ejemplo: leer sobre el tema, observar cómo otras parejas lo solucionan o nosotros mismos lo hemos podido solucionar en otros momentos, o pedir ayuda profesional. La ventaja de la terapia es que no se permite discutir tal como pasa en casa. Así se empiezan a entrenar las habilidades que hacen falta para solucionar y se pone en práctica la gestión emocional que en casa es tan difícil controlar. En definitiva, la terapia protegia la relación y a la pareja probando nuevas maneras de afrontar los conflictos.

Y por último, no lo olvides, las parejas felices no discuten exageradamente menos, discuten mejor.

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